a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

jueves, 21 de junio de 2012

vistas desde mi guarida gateña


Es la primera vez que escribo una entrada común para dos de mis blog. No es casualidad que verse sobre mi querida Sierra de Gata, un bello enclave montañoso al noroeste de Extremadura. Allí tengo una pequeña guarida de poco más de 30 metros cuadrados donde he pasado muchos de los mejores momentos de mi vida reciente. Hace un tiempo hablé de lo que supone para mí, hombre criado en el llano de dehesas de encinas, disfrutar de paisajes de montaña con bosques caducifolios de castaños y robles. Ver desde mi casa-guarida imágenes de postal es algo que nunca hubiera imaginado, tampoco hubiera imaginado tener un pequeño espacio propio en ese paraíso: muchos hijos de obreros hemos podido hacer realidad nuestras ilusiones durante algunas décadas, es probable que en el futuro volvamos al rincón al que nos relegaron siempre las élites. He sido un privilegiado y no me resigno a que todo vuelva hacia atrás, cuando las posibilidades de mejora social estaban vedadas para nosotros.
De todos modos, que nadie crea que aquello de lo que allí dispongo es algo parecido a una casa de campo. No creo en lujos ni excesos, solo quería cumplir mi sueño y levantarme muchas mañanas entre montañas y bosques. Para eso me bastaba con un minúsculo apartamento a las afueras del pueblo de Gata, sencillamente amueblado, desde el que disfruto de unas vistas que son lo único valioso que tengo.


Desde la ventana de la única habitación gozo de dos vistas embriagadoras: hacia la izquierda las laderas que conducen a la torre medieval conocida como la Almenara (foto superior): en las partes bajas el cementerio aparece rodeado de olivares y huertos con frutales mientras que conforme ascendemos aparece un bosque mixto de pinos, robles y castaños. Pasear por la umbría siempre húmeda que crea ese bosque me recuerda a los olores y paisajes de las sierras de Sintra, en Portugal. El cementerio tiene toda una importante superficie destinada a tumbas excavadas en la tierra, siempre me han gustado esos cementerios, odio los impersonales nichos alineados de forma fría y distante. En el día de los Santos se llena de velitas y es una sensación extraña pero embriagadora verlo iluminado ya de noche desde la ventana de mi guarida. Hacia la derecha (foto inferior) una amplia visión de el valle de la Rivera de Gata, con la Sierra del Salío en frente.





El microapartamento tiene otra ventana en la cocina-comedor y desde ella tengo una visión privilegiada envidiada por el resto de la calle. De toda la avenida Almenara solo nuestro edificio no tiene una casa enfrente; a cambio gozo de la vista de un bonito jardín en primera instancia y de un frondoso robledal al fondo (foto superior). Cuando desayuno por las mañanas corro las cortinas de par en par para poder disfrutar de esta vista adornada con frutales y flores. Me encanta sentarme en las tardes frías y húmedas de invierno al brasero (maravilloso invento sureño que solo los nativos entendemos y valoramos) mientras leo un libro en mi sillón y miro de vez en cuando hacia el robledal desnudo sobre el que se extiende el oscuro cielo del atardecer. Desde esa ventana, sacando la cabeza, veo a lo lejos las estribaciones de la Jañona (1367m.) y los huertos que escoltan la carretera que va hacia Torre de D. Miguel. El camino asfaltado se mueve como una serpiente recorriendo sin prisas la ladera boscosa de la Almenara (foto inferior).
En este pequeño cubículo he escrito muchas de las entradas de mis blog, he leído buenos libros o pensado mientras disfrutaba de cielos estrellados ya desconocidos en las urbes demasiado iluminadas. Allí pasaré muchos días de este verano y no echaré de menos internet, allí no lo tengo ni me hace falta. Patearé las montañas, me bañaré en sus piscinas naturales y me sentaré a la orilla de sus ríos a leer y tocar el darbuka.  Salud y hasta septiembre.