Yo creo que la vida es sobre todo dos cosas: un continuo aprendizaje que nos prepara para afrontar la muerte con la mayor dignidad posible y, especialmente, un continuo aprendizaje que nos permite afrontar con la mayor madurez posible los minutos, días, semanas, meses o años que nos quedan por vivir. Cada día que vivimos debería hacernos un poco mejor, un poco más humanos, un poco más solidarios y justos. Pero, por desgracia, en este aprendizaje, como en todos, hay buenos y malos alumnos. Yo no sé entre los que estoy, pero mi aspiración ha sido siempre mejorar y tratar de convertirme en un ser humano digno de serlo. A eso he aspirado, no sé si lo he conseguido o lo conseguiré algún día. Lo cierto es que durante un tiempo mi aprendizaje vital se hará más intenso y tendré que dejar aparcado este querido blog que ya casi tiene dos años. Será un hasta pronto tras el cual espero haberme convertido en una persona al menos un poquito mejor.
jueves 23 de febrero de 2012
miércoles 8 de febrero de 2012
azul oscuro casi negro
El 4 de febrero el historiador y catedrático Julián Casanova escribió en El País este artículo sobre la figura "azul oscura casi negra" del ministro franquista y más tarde tímido aperturista llamado Manuel Fraga. El otro día su partido pretendió recordarlo en el parlamento, los diputados vascos y de izquierdas se ausentaron, los socialistas y los diputados de CIU apenas aplaudieron. Aunque pretendan vestirlo de blanco, somos muchos los que recordamos su faceta más brutal que el tiempo y la memoria no ha logrado borrar. Para mí siempre sera un personaje "azul oscuro casi negro". Reproduzco aquí el artículo de Casanova:
La muerte de Manuel Fraga y el juicio al magistrado Baltasar Garzón
por la investigación de los crímenes del franquismo han sacado de nuevo
de la oscuridad a los fantasmas del pasado. Por un lado, la
constatación de lo difícil que resulta en la sociedad española tener
una mirada libre hacia las experiencias traumáticas del siglo XX,
recordar para aprender. Por otro, la incomodidad que produce a muchos
el recuerdo de la violencia franquista, ejercida desde arriba, durante
40 años, por el nuevo Estado surgido de la sublevación militar y de la
Guerra Civil, que puso en marcha mecanismos extraordinarios de terror
sancionados y legitimados por leyes hasta la muerte del dictador. Más
de un año después, allí estaba todavía el Tribunal de Orden Público
(TOP), disuelto finalmente por un decreto ley de 4 de enero de 1977.
Con la muerte de Manuel Fraga la mayoría de los medios de
comunicación nos regalaron la vista y el oído con unas cuantas horas de
música celestial. El disco solo tenía cara A: hombre de Estado,
político extraordinario, uno de los más importantes del siglo XX
español, padre de todo lo bueno que puede exhibir la derecha actual en
el poder. Pocos hicieron sonar la cara B, la otra cara del mismo disco,
inseparable, compuesta con anterioridad, cuando la música tenía un solo
director. Puede verse en los libros de historia, aunque únicamente en
aquellos que no usan y abusan de ella para conformar o legitimar el
presente a su gusto.
Fraga fue ministro de Franco, desde 1962 a 1969, y ministro del
Gobierno de Arias Navarro que se formó tras la muerte de su caudillo,
desde el 12 de diciembre de 1975 hasta el 1 de julio de 1976. Nunca fue
ministro con la democracia. Su autoridad nació de la dictadura y tuvo
después en sus manos durante unos meses, como ministro de Gobernación,
todo el aparato represivo intacto, ese que cargaba en las calles contra
los manifestantes, detenía y encarcelaba de forma arbitraria y sin
garantías, torturaba en los cuarteles y comisarías y, si hacía falta,
disparaba mortalmente a los trabajadores, como en Elda, Tarragona, San
Adrián de Besós, Basauri o en el asalto policial a la iglesia vitoriana
de San Francisco de Asís, una masacre que dejó cinco muertos y decenas
de heridos. Y todo ello en apenas medio año, donde quedó al descubierto
el talante reformista de los franquistas sin Franco, cómo trataban a
opositores y huelguistas, “desórdenes callejeros” los llamaban, y la
impunidad de las fuerzas armadas.
La historia de Europa del siglo XX proporciona abundantes ejemplos
de políticos que transitaron desde las dictaduras a las democracias.
Ocurrió en los países dominados por los fascismos hasta 1945, por el
comunismo hasta 1989 y en Grecia, Portugal y España tras 1974-1975, los
únicos lugares del continente donde seguían en pie dictaduras salidas
del firmamento político de la ultraderecha.
Fraga no fue, por lo tanto, un caso excepcional ni caminó solo por
la pedregosa senda que conducía del autoritarismo a la libertad. Y como
otros muchos compañeros de viaje, tampoco tuvo que quitarse el
caparazón franquista para distanciarse de los sectores más inmovilistas
y participar en el cambio político.
En noviembre de 2005, 30 años después de la muerte del dictador, o
27 desde la aprobación de la Constitución, de la que dicen que fue uno
de los padres, en una entrevista publicada en Corriere della Sera,
hacía una desaforada defensa de Francisco Franco y de su régimen
político, recordando a los italianos las excelencias del que fue
durante tanto tiempo su jefe y los enormes beneficios que su sistema de
gobierno (“ni fascista, ni totalitario”) dejó a todos los españoles.
Una explicación de ese tipo puede causar sonrojo, cosas de don
Manuel, del hombre de Estado. Ocurre, sin embargo, que se refiere a una
historia real de asesinatos, tortura y violación sistemática de los
derechos humanos, que destruyó a familias enteras e inundó la vida
cotidiana de miedo, humillación y castigo. Y todo eso, además de las
circunstancias de la muerte y paradero de decenas de miles de víctimas,
es lo que intentó investigar Baltasar Garzón, juzgado ahora por la Sala
Penal del Tribunal Supremo, ante la indiferencia y el desprecio de
muchos, hacia él, hacia las víctimas y hacia todos aquellos que quieren
honrarlas.
Fraga tenía poderosas razones para pensar eso de la dictadura de
Franco, antecedente necesario de la democracia, a la que él tanto dio,
como nos ha recordado la música orquestada por sus seguidores
ideológicos y de partido. Y así, a través de imágenes
autocomplacientes, libres de zonas oscuras, jaleadas por los medios de
comunicación más afines, dicen que esa historia, no otras, ya es pasado
y hay que mirar al futuro. Mientras tanto, el Diccionario Biográfico
Español de la Real Academia de la Historia insiste en que el régimen
franquista, tenía razón don Manuel, no fue “fascista ni totalitario”. Y
las políticas de gestión de la historia y memoria de ese pasado
violento desaparecen con la excusa de la crisis, arrinconadas por los
nuevos gobernantes. Y Garzón en el banquillo.
JULIAN CASANOVA. EL PAIS, 4 DE FEBRERO DE 2012
miércoles 18 de enero de 2012
racismo entre pobres
Hace unos días un amigo profesor me
relató una experiencia amarga pero muy clarificadora. Enseña en una
zona rural, con escasa presencia de población inmigrante y con un
nivel sociocultural bajo:
Este compañero tenía un grupo pequeño
de alumnos de 13 y 14 años a los que enseñaba una de esas materias
denominadas “marías”. Decidió encauzarla hacia la educación en
valores. Les ponía películas con mensaje, para pensar, veían
vídeos cortos de diversos temas de interés. En muchos de esos
cortos y películas los niños y adolescentes eran protagonistas y no
siempre terminaban mal, pero siempre invitaban a la reflexión, no
eran puro divertimiento y evasión. Pero la mayoría no quería hacer
nada, ni siquiera pensar. En esta sociedad nos han enseñado a no
pensar, todos los mensajes que recibimos nos incitan a una vida
hedonista, fatua, vacía, desde niños nos hacen recelar de todo lo
que suene a reflexión y a introspección; nos dicen, la vida son dos
días, disfrútalos como si acabaran mañana, consume, ten
experiencias al límite, desbócate, desmádrate, sino eres un
pringao. En esa búsqueda obsesiva de la felicidad no tiene cabida
la enfermedad, la vejez, la pobreza, el sufrimiento. Escuchas a los
adolescentes decir que ellos solo quieren que les cuenten historias
que terminan bien, que les evadan y les permitan escapar hacia un
mundo ilusorio, ¡QUÉ NO EXISTE!. Seguro que oyen a sus padres decir
esa frase tan penosa y triste y tan manida: "yo quiero que me cuenten historias
felices o entretenidas, no quiero historias reales, para eso ya está
el mundo que nos rodea".
Como iba diciendo, este amigo mío veía
cada vez más rechazo en sus alumnos. Estaban hartos de la película
del niño maltratado, del gay discriminado, de la historia de
racismo, de la mujer maltratada. Pero un día el creciente
descontento derivó en una escena lamentable. Cuando
me lo contaba, resultaba tan surrealista que los dos no sabíamos si
llorar o reír. Estaban viendo un precioso video en youtube (que
luego he visto yo y que recomiendo, aquí dejo el enlace) sobre el
intercambio entre un colegio de Malí y un colegio catalán; en él
los niños africanos veían absortos imágenes sobre como era el
colegio español y luego las comentaban con su profesor en su
destartalado colegio. Solo unos minutos después de comenzar el
visionado, un par de alumnas algo conflictivas, que varias veces
habían mostrado su rechazo a la dinámica del aula, estallaron. El
profesor mantuvo el tipo pero no pudo evitar revolverse por dentro
cuando aquellas alumnas empezaron a despotricar de forma desquiciada
contra tanto “vídeo sobre los malditos negros de las narices”,
estaban hartas de ver vídeos sobre valores, pero les molestaban
especialmente cuando el tema era el racismo, la interculturalidad o
el acercamiento a la diversidad. "¡Estamos hartas de negros, no
queremos ver más vídeos de negros, son todos unos vagos y unos
ladrones, que vienen a quitarnos el trabajo y luego llevan ropas de
marca!". Mi amigo se enfrentó manteniendo la tranquilidad a semejante
embate, les recordó que aquellos niños no estaban en España, sino
en un pobre país a miles de km y que esos niños no llevaban ropa de
marca. Os invito a visionar el video como he hecho yo, muchas de esas
criaturas llevaban harapos y eso que es probable que se hubieran
puesto sus mejores galas para la cámara.
Según me dijo mi amigo, la chavala más
levantisca terminó en Jefatura de Estudios y, horas después, le
pidió disculpas. Lo que más dolió a mi amigo no fue lo que se dijo
en ese aula, sino quién lo dijo. Aquellas dos niñas no eran dos
señoritas de colegio privado, una era hija de una familia muy
humilde y desestructurada y otra era de etnia gitana. Simplemente
surrealista. Aquellos que más sufren el desprecio y la
discriminación, el rechazo y la incomprensión, mostraban un rechazo
brutal hacia otros pobres, hacia otros diferentes, hacia otros
abandonados. Era evidente que decían lo que escuchaban en boca de sus padres, pero también es evidente que será muy difícil evitar que en un futuro semenjantes barbaridades no se escuchen en boca de sus hijos.
Mi amigo volvió ese dia a casa y se
sentó delante del ordenador para ver de nuevo el vídeo. La pena le
embargó cuando volvió a ver las caras de esos niños negros, con
que sorpresa veían las imágenes del colegio catalán, la ilusión
que tenían por ser grabados, para ellos era un dia especial. Y se
alegró mucho, pero mucho, de que allí, en Malí, a miles de km, no
hubieran sentido el odio de que destilaban las palabras de aquellas dos pobres
muchachas.
En otra entrada anterior ya hablé de
este tema, los ultraconservadores en el mundo occidental no tendrán
que mover un dedo para protegerse de los extranjeros, de los
diferentes; legiones de pobres autóctonos lo harán por ellos. No se equivoquen, esto
va a ser una batalla entre desgraciados y excluidos.
martes 10 de enero de 2012
yo tengo un darbuka
Yo tengo un darbuka. Por
si alguien no lo sabe, es un instrumento de percusión árabe. Ni yo
mismo tenía claro cual era el nombre del tambor que quería, de
hecho hice el ridículo buscando lo que pensaba que se llamaba Jembé
y resulta que se llamaba darbuka, fue en una tienda donde me
explicaron la diferencia. El mio es de los baratos, me costó muy
poco dinero, no necesitaba un superdarbuka, para tocarlo por mi
cuenta y a mi forma me bastaba con uno humilde y vulgar.
El problema es que yo no
soy un “womanero”, no soporto vestirme de hippy e irme a una
plaza pública a aporrear vilmente un instrumento, aunque sea un
trasto de mala calidad. Yo soy muy pudoroso y solo toco mi darbuka en
la intimidad, si puede ser solo mejor. Como no quiero molestar a mi
vecindario, el darbuka está en mi refugio de la Sierra de Gata, de
donde lo saco para llevármelo al monte. Allí toco en soledad. No es
un secreto donde aporreo mi instrumento: se me puede ver en el
mirador de los muros, junto a Hoyos, también en el mirador de Torre
de D. Miguel, o en la desolada carretera de Acebo al Puerto de
Perales, en un pequeño apartado desde el que la vista es soberbia;
también cuando acaba el verano y los domingueros escasean, busco
tocar en la piscina de Perales.
Para ser autodidacta, no
lo hago mal. Sin ortodoxia, toco en el darbuka ritmos ajenos al
instrumento. Toco lo que sale, y a veces suena bien. Unas veces son
ritmos africanos, otros árabes, otros irlandeses, otros balcánicos,
yo que sé.
Siempre quise tener un
darbuka. No sabía su verdadero nombre pero cuando lo veía pensaba
que un día debería comprármelo. Tardé en decidirme pero al final
se hizo realidad. En estos meses con mi instrumento ya ha habido
cabida para anécdotas. Este verano, en pleno julio, después de
haber pasado el día entero en la piscina de Hoyos decidí irme a
tocar el darbuka al mirador de los Muros, junto a Hoyos. Desde allí
disfrutaba de una bella vista mientras anochecía. Pasada una hora y
ya completamente de noche, un coche de la Guardia Civil me cegó con
sus faros y un picoleto me preguntó que hacía allí, a oscuras. No
pareció contentarse con mi respuesta (estoy tocando un tambor a la
luz de la luna, le dije) y me registró concienzudamente el vehículo
husmeando después por los alrededores buscando posibles compinches.
Hoy no puedo evitar una sonrisa al recordar al guardia con la linterna
buscando delicuentes colaboradores y enormes fardos de droga, el
pobre se tuvo que conformar con un par de gatos que habían estado
escuchando mis atronadores ritmos tamboriles. Al final, mientras su
compañero confirmaba mi identidad dentro del coche-patrulla,
mantuvimos una curiosa conversación, estuvimos hablando de lo bonito
que es el cielo lejos de las ciudades y de la pasión de los gatos
por mi música (no es la primera vez que me rodea público gatuno
cuando toco).
sábado 24 de diciembre de 2011
estas entrañables fechas
Estas entrañables
fechas siempre se me han atragantado. No voy a
repetir mis protestas del año pasado (ver entrada harto de la navidad) pero tampoco me voy a quedar callado ante la avalancha
de vulgaridad, mal gusto, consumismo estúpido y estética hortera
que todos los años nos asalta demasiado pronto sin preguntarnos ni
pedirnos opinión.
A pesar del asqueo que
destilan mis palabras, este año estoy decidido a disfrutar de mis
vacaciones y relajarme obviando en lo posible el contexto hostil.
Cuando mire a los balcones plagados de Papa Nöel, cuando alucine con
los escaparates de las tiendas chinas, cuando vea las programaciones
navideñas de televisión, no me revolveré ni me agriaré, me reiré
y pensaré que me están tomando el pelo, que no se trata sino de una
gran broma (de muy mal gusto, eso sí).
Quisiera añadir aquí
este bello villancico navideño de Extremoduro que un compañero me
recordó cuando el año pasado me quejé de la gran mentira navideña.
Es todo ternura, armonía, amor y solidaridad, todos ellos
sentimientos muy navideños. Por mi parte, os deseo una muy infeliz navidad y un penoso año nuevo, que todos vuestros deseos se vayan al carajo y no se cumpla ninguno. Esto último es broma, en estos días yo no le deseo nada a nadie, que cada uno que haga lo que le de la gana: si te crees que un profeta nació hace dos mil años, reza mucho; si te encanta consumir y ver luces, patea las calles y compra hasta la extenuación; si eres como yo, actúa como si no existiera y relájate.
.
.
lunes 19 de diciembre de 2011
perseguido por buenas razones
Los que nada tienen que
perder es normal y lógico que arriesguen. Fue la fuerza de los
humildes, el ímpetu de legiones de desheredados la que derribo las
barreras que la injusticia social había construido durante siglos.
Derribó esas barreras que hoy algunos pretenden volver a levantar.
La “chusma” adquirió conciencia y asumió objetivos a medio y
largo plazo, dejo ser “chusma” para convertirse en pueblo, se
volvió mucho más peligrosa y atemorizó a unas élites que se
vieron obligadas a hacer concesiones, concesiones que hoy, pasado el
miedo, esas élites ya no consideran necesario mantener.
Pero es probable que esa
“famélica legión” de la que hablaba La Internacional ni
siquiera se hubiera puesto en marcha sin el apoyo y la cobertura de
gentes cultas e instruidas de las clases medias y altas. A veces
pienso en lo que esa gente se jugó demasiado por los demás, puso su
vida, sus bienes y sus familias en riesgo. Muchos sufrieron y sufren
hoy persecución, tortura, destierro, fueron asesinados, lo perdieron
todo; su mérito fue infinitamente mayor que el de los que solo
tenían algo que ganar. Bertold Brecht fue uno de ellos. En este
bello poema suyo nos habla de eso: prefirió ser un traidor a los
suyos y colocarse del lado de los nadie.
He crecido hijo de gente acomodada.
Mis padres me pusieron un cuello almidonado,
me educaron en la costumbre de ser servido
y me instruyeron en el arte de dar órdenes.
Pero al llegar a mayor y ver lo que me rodeaba,
No me gustó la gente de mi clase,
ni dar órdenes, ni ser servido.
Abandoné mi clase y me uní al pueblo llano.
Así criaron un traidor,
le educaron en sus artes, y ahora él los delata al enemigo.
Sí, divulgo secretos.
Entre el pueblo estoy, y explico como engañan, y
predigo lo que ha de venir, pues he sido iniciado en sus planes.
Descuelgo la balanza de la justicia y muestro sus pesas falsas.
Y sus espías les informan
De que yo estoy con los robados cuando preparan la rebelión.
Me han advertido y me han quitado lo que gané con mi trabajo.
Como no me corregí me han perseguido,
y aún había en mi casa escritos
en los que descubría sus planes contra el pueblo.
Por eso dictaron contra mí una orden de detención
por la que se me acusa de pensar de un modo bajo,
es decir, el modo de pensar de los de abajo.
Marcado estoy a fuego, vaya donde vaya, para todos los propietarios.
Más los NO propietarios, leen la orden de detención y me conceden refugio.
A ti te persiguen, me dicen, por buenas razones.
jueves 8 de diciembre de 2011
En las trincheras
Hace unos días asistí en unas jornadas de Historia a una ponencia sobre la educación en competencias básicas (o algo así). La presentaba una inspectora que era también licenciada en Historia. Durante la inútil conferencia se dedicó a aleccionarnos sobre como debían ser las clases del futuro mientras nos reforzaba mostrándose comprensiva con la problemática habitual del aula: "ya sé que vuestro trabajo es muy duro, que los ordenadores no funcionan, que los alumnos son apáticos y demasiado diversos, ya sé que sois abnegados profesionales injustamente tratados, pero debéis hacer esto y lo otro con las competencias, por lo menos intentadlo, con poco que se consiga bastará...". A mí lo que me alucinaba de su discurso no era el contenido, sino en boca de quien se presentaba: durante más de una hora una individua que llevaba décadas fuera del aula nos estuvo aleccionando sobre como debemos enseñar, resultó ridículo escuchar sus caducas experiencias con alumnos de 8º de EGB (quizás hace más de 20 años) y aún más estúpida su propuesta a modo de ejemplo de una actividad-tarea sobre la Desamortización de Mendizábal para 4º ESO; cualquiera que enseñe en ese nivel sabe que ese arduo y complejo tema sería el último que se seleccionaría para trabajar con los alumnos.
Cuando la señora inspectora terminó, estuve tentado de decirle lo que pensaba de su ponencia pero lo dejé estar. Sinceramente, ya estoy aburrido de todo esto. Si le hubiera dicho lo que pensaba, lo habría hecho recurriendo a una comparación histórica. Cuando escuchaba a la ponente me sentía como un soldado veterano de la Primera Guerra Mundial que lleva muchos meses en las trincheras sin ser relevado, lleno de mierda y cubierto de barro hasta la cintura, que no entiende muy bien que sentido tiene lo que hace y escucha con una mezcla de estupor y asqueo al general con su traje impoluto (=la inspectora conferenciante) que arenga a la masa de soldados harapientos recordándoles lo importante que es su tarea en la defensa de la Patria; ese general nunca ha pisado una trinchera salvo cuando en rutinarias inspecciones ha saludado y dado algunas palmaditas en la espalda a soldados que han respondido al saludo con gesto cansado a su paso, nunca ha comido su rancho ni ha sentido el silbar de las balas a centímetros de distancia.
Sé que esto no va bien y que la educación en competencias puede ayudar a mejorarlo (ni mucho menos a solucionarlo). No tengo ni idea de como voy a subirme a ese carro y no sé si lo haré, pero no estoy cerrado a nada y acepto que gente con criterio y que sabe lo que dice me hable de nuevos caminos a transitar. Sin embargo, reconozco que me enerva que una "generala" de lecciones sin tener ni puñetera idea de lo que está hablando. Que sepan todos esos "generales de la educación" que no me merecen ningún respeto ni credibilidad.
lunes 21 de noviembre de 2011
¡ha llegado España!
Estos días los he vivido con mucha tranquilidad. Todos sabíamos lo que se avecinaba. Era y es necesario afrontarlo con serenidad.
Conste que yo no soy socialista, pero como persona muy a la izquierda, considero muy peligrosa la máquina arrolladora que nos ha pasado por encima. Sus partidarios han estado en días previos eufóricos, con ganas de ajustar cuentas, salivando en espera de carnaza fresca.
Hoy, pasadas las elecciones, su satisfacción es inmensa. El "guerracivilista" Zapatero ha sido pateado y la derecha controla una cuota de poder inigualable: gobierno central, gobiernos regionales, municipios; cuenta también con una justicia oligárquica mayoritariamente conservadora y una fuerza mediática bestial. Para ellos ¡ha llegado España!, como decía aquel cartel franquista.
Y ¿qué nos queda a nosotros? a los malos españoles, a los antiespañoles solo nos queda mantener la dignidad, no perderla, que mucho nos costó conseguirla.
Hace tiempo la chusma sumisa, ignorante, pobre y sucia no tenía ni podía aspirar a nada. En mi Extremadura, los latifundistas, profundamente conservadores y católicos, nos miraban como lo que éramos, como mierda indigna de piedad a la que explotaban sin misericordia. Llegó un día en que esa chusma levantó la cara, hasta entonces obediente y siempre agachada, y les miró de frente, con orgullo y dignidad, sin arredrarse. Y no se lo perdonaron. Hicieron lo que tenían que hacer y ¡llegó España!. A tiros llegó España y nos obligaron a volver a bajar la mirada. Pero no todos la bajaron, algunos la mantuvieron todo lo alta que pudieron.
Hoy el contexto es muy diferente pero, a pesar de ello, el capitalismo salvaje se chulea por el mundo sin oposición y la derecha heredera de aquellos terratenientes sin humanidad se frota las manos mientras se ríe de los muchos "muertos de hambre" que les han votado.
Aquellos que creemos en la justicia social, en el Estado como principal instrumento de la igualdad, en el laicismo y el respeto a la diversidad, solo nos queda hacer como aquellos jornaleros que solo tenían harapos y mucha dignidad: no bajar la cabeza y, mientras nos escupen, mirarles a la cara, de frente y decirles que aquí estamos y seguiremos estando.
domingo 13 de noviembre de 2011
los bosques caducifolios
| zona alta del castañar de Santa Clara, junto a San Martín de Trevejo |
Lo mío con los bosques
caducifolios no es normal, siento verdadera adoración por ellos.
Tienen un carácter mágico, especialmente en otoño o invierno. En
días otoñales, cuando la noche se alarga cada vez más y las
lluvias nos vuelven a visitar, los bosques de castaños y robles
rezuman humedad mientras que se convierten en una explosión de
colores que recorre todas las variedades de amarillos, ocres y rojos.
Pero en invierno se vuelven sobrecogedores, los viejos robles y
castaños desnudos parecen cobrar inquietante vida y cuando transito
solo por senderos cubiertos de hojas secas entre esos esqueletos de
madera no puedo evitar que se me ponga la carne de gallina.
| muy cerca de Gata, junto a la carretera que hacia Torre de D. Miguel |
Cuando era un chaval, ya
adolescente, empecé a viajar con mi padre por toda la geografía
extremeña. Mi padre era viajante (ahora lo llamarían comercial) y
yo aprovechaba el verano para acompañarlo. Mi ruta preferida era la
que llegaba, pasando por Coria, hasta Torre de Don Miguel, en pleno
corazón de la Sierra de Gata. Allí tenía mi padre un cliente.
Muchas veces aprovechábamos y llegábamos hasta Gata, donde comíamos
en el restaurante Avenida, hoy desaparecido. A mi me encantaba el
trayecto de Torre a Gata, el recorrido transcurría por una estrecha
carretera de montaña, de las que a mi me gustan, sombreada durante
buena parte del trayecto por un denso bosque mixto de castaños,
robles, pinos y algunos alcornoques. En el restaurante de Gata
gustábamos de colocarnos en una mesa muy cerca de la cristalera
desde la que se disfrutaba de una bella panorámica del valle de la
Rivera de Gata. Los árboles caducifolios no estaban tan lejos, no
hacía falta irse a los montes Apalaches americanos ni tampoco a las
montañas asturianas, en el norte de mi tierra, a solo hora y cuarto
de mi casa había un pequeño paraíso al que volví varios lustros
después para quedarme.
Hoy, nunca lo hubiera
imaginado, tengo un pequeño refugio a solo unos metros de ese
antiguo restaurante gateño y desde la ventana de mi habitación veo
todos los días que puedo ese mismo paisaje que tanto me embriagaba.
A veces tengo que pellizcarme para saber que no es un sueño: dando
un pequeño paseo de tan solo 10 minutos estoy dentro de un tupido
bosque de castaños y robles jóvenes. ¿Qué más puedo pedir?.
P.D. las fotos que acompañan el texto las hice hace tan sólo una semana, en diversos lugares de la Sierra de Gata extremeña.
| Cerca de Villamiel, en la carretera a San Martín de Trevejo |
| Castañar subiendo el Puerto Viejo desde Robledillo de Gata |
martes 1 de noviembre de 2011
museos del olvido
Cuando muera, yo me incineraré. Dos son las razones: la primera, porque la inmensa mayoría de los cementerios de este país son tierra sagrada, son lugares católicos y no son de todos, no están secularizados (como pretendió la II República) y yo soy ateo y quiero morir como tal; la segunda, porque no me seduce la idea de que mi cuerpo se corrompa lentamente entre cuatro burdas paredes de ladrillo y cemento rodeado de otros miles de cuerpos que sufren o sufrieron el mismo penoso proceso. Tampoco permitiré que mis cenizas queden encerradas en esos pequeños nichos que ahora se construyen para urnas.
Los cementerios son verdaderos laboratorios de sociología y antropología. Todos los años ayudo a mi madre en sus quehaceres mortuorios y visito, y no solo en estas fechas, los camposantos. Aunque por ningún concepto me gustaría terminar en uno ellos, son lugares interesantes, especialmente en estos días. Son universos en miniatura: en ellos estudias las diferencias sociales, los caprichos y horteradas de muertos y familiares, los apellidos más frecuentes (en el pueblo de mis padres son fajardo, lancho, mogollón, manzano o doncel), las reacciones de los vivos, su comportamiento. A veces me quedo embobado observando o paseo por sus calles para constatar el verdadero sentido de estas ciudades de muertos: son auténticos museos del olvido. Ese olvido es la auténtica muerte; uno no fallece del todo mientras alguien le recuerda y le quiere. Por eso los cementerios son tan lúgubres, no porque se sienta la muerte, sino porque en ellos se siente el olvido. Y ese olvido es especialmente evidente en estos días: miles de tumbas se llenan de flores, pero otras muchas han sido abandonadas, hace años nadie ha dejado allí nada, a unos los olvidaron los suyos, a otros simplemente no queda nadie vivo que los recuerde. Te acercas a una de ellas y intentas distinguir las letras ya desdibujadas: Pepita Pérez, falleció a los tantos años, sus hijos y nietas no la olvidan; probablemente sus hijos ya no viven y sus nietas ni se acuerdan de una abuela que falleció cuando eran pequeñas.
Intentaré, como prometí a mi madre, que los míos no queden en el olvido, al menos mientras yo viva. Limpiaré y arreglaré sus tumbas, como ahora hago ayudando a mi madre, pero ahí acabará todo. A mí nadie me tendrá que limpiar ni arreglar nada, ningún curioso intentará leer con dificultad las letras de mi nombre casi borradas por el tiempo. Mis cenizas se repartirán, si se cumple mi voluntad, en dos lugares maravillosos; una parte descansará entre encinas junto a las de mi padre, que yacen en un bonito paraje de dehesa, otra parte se irá para las montañas del norte de Extremadura, a la sombra de un castaño, mi árbol mágico. Allí, al contrario que las que languidecen en la oscuridad de cuatro paredes, se mezclarán con la tierra, las olisqueará un pequeño ratón de campo, las pisará un viejo zorro o las sobrevolará un milano. El olvido será tarde o temprano una realidad, pero sin duda menos lacerante en vida.
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