a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

sábado, 10 de mayo de 2014

superprofesores


Hoy se espera de un profesor que paciente y creativo, ameno y motivador, que sepa empatizar con alumnos, padres y compañeros, que solucione conflictos y aporte soluciones, que sea simpático y cercano pero a la vez tenga autoridad y sea respetado, que sea trabajador y vocacional, que sienta amor por lo que hace y crea que la educación es un arma de cambio, por tanto, asuma con responsabilidad la trascendental tarea que desempeña, a la que debe dedicarse en cuerpo y alma.
En ese profesor no tiene cabida la palabra desaliento, ni frustración, ni miedo, ni sufrimiento, ni bloqueo, ni cansancio. La sociedad exige que ese SUPERPROFESOR pueda con todo y lo solucione todo, "le pagan para eso". Este modelo se ve reforzado por el cine. Quién no ha visto alguna película en la que un profesor con ingentes recursos y mucha seguridad consigue cautivar a un grupo de alumnos conflictivos y desmotivados.
Pero ese profesor no existe en la realidad y no existirá nunca. Algunos pueden acercarse algo al pedestal, pero la mayoría debe conformarse con tratar de ser un profesional y cumplir con dignidad su trabajo. Aspirar a mejorar y a afrontar los cada vez más frecuentes problemas del aula lo mejor posible, pero sin grandes aspiraciones y asumiendo los propios límites como medio de evitar la frustración.
Y es que esa sociedad y esa familia que han abandonado en buena medida su porción de responsabilidad en la educación de las nuevas generaciones, exigen a los profesionales educativos que asuman casi en solitario la trasmisión de valores y conocimientos y exigen que lo hagan muy bien.
Esa presión se percibe en el ambiente de los centros educativos. Al estrés derivado de la propia dinámica generada por horarios y programaciones se añade la obsesiva reflexión a la que de forma continuada somete el educador su labor docente y la de los demás compañeros. Los profesores están forzados a entretener y motivar como sea a alumnos cada vez más ajenos a lo que se cuenta en las aulas, cuando no indolentes o conflictivos, y se desesperan por conseguirlo, miran de reojo al compañero y compiten entre ellos por el favor y la aprobación de sus pupilos. El día que no les atienden y parecen aburridos salen abatidos de clase y miran con envidia a ese compañero guay que parece no tener problemas y dice disfrutar en las clases.
En ese creciente ambiente de estrés y frustración buscan desesperados soluciones que parecen venir de la mano de nuevas palabras que les abren la puerta a la esperanza: "couching", inteligencia emocional....
Pero ninguna de esas palabras obrarán el milagro, porque ese milagro no depende en una parte importante de los propios educadores. En la educación los profesionales  son solo un eslabón de la cadena. Ni siquiera en el imposible caso de que contáramos con cientos de miles de superprofesores se solucionarían los problemas que la aquejan.

1 comentario:

isabel uriarte dijo...

Subscribo todas tus palabras