a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

miércoles, 26 de marzo de 2014

los mitos de la transición: un país obsesionado con ser normal

entierro del primer héroe patrio del tiempo presente
Hasta hoy no he podido escribir sobre el tsunami mediático que nos ha inundado a todos y ha ahogado a muchos estos días. Y ya que me pongo aviso que NO VOY A SER BREVE. Sé que ya no se lee ningún texto extenso en internet (ni en ningún sitio) y estoy dispuesto a correr ese riesgo.
No es la primera vez que lo digo, España es un país digno de lástima. La verdad es que me da pena. Quiere ser un país normal, ansía ser como esos países que enarbolan con gusto sus banderas, que exhiben sus símbolos, donde los héroes patrios son adorados sin pudor ni reservas, países donde decir patria o patriota es sinónimo de orgullo y dignidad, quiere ser como esos antiguos imperios que miran a su historia sin complejos, ensalzando sin vergüenza sus gestas y escondiendo con descaro sus miserias; España quiere ser un país puro, sin diversidad, sin multilingüismo, está harto de traducir con subtítulos en la tele lo que dicen otros españoles en "dialectos" innecesarios e inútiles.
Y da lástima porque eso es sencillamente imposible. España es un país que no se comprende ni se entiende a sí mismo, tiene graves problemas de identidad y necesita tratamiento psiquiátrico urgente. En España una parte del país acata pero no siente unos símbolos que no son de consenso, sino que son simplemente los símbolos de los vencedores. Se perdió una oportunidad de oro para haber construido una nueva identidad común con unos símbolos nuevos, pero eso jamás lo hubieran aceptado los posfranquistas. Vivimos una transición-chapuza en la que los herederos del franquismo vendieron la simple aceptación de la democracia como una inestimable y muy valorable concesión que obligaba a la oposición de izquierdas como contrapartida tragarse todos los sapos y culebras imaginables (monarquía, limitación de la aconfesionalidad religiosa, símbolos tradicionales del Estado,  dejar en las cunetas del olvido a más de cien mil asesinados en la contienda y la posguerra, no petición de responsabilidades políticas por colaboración con dictadura, no reforma profunda de las estructuras básicas del Estado y permanencia de las élites franquistas en la policía, el poder judicial y el ejército, y un largo etc.); personajes como Suárez fueron políticos muy hábiles que pusieron su astucia al servicio de los intereses de las élites franquistas aperturistas que, conscientes de la inexorable llegada de la democracia, tuvieron clara la necesidad de preparar desde arriba un desmantelamiento progresivo y controlado del franquismo que les permitiera salvar los muebles y mucho más. Para ello gestionaron con eficacia el miedo cerval que los vencidos tenían a que se reprodujera la tragedia de la Guerra y la Posguerra. La mayoría de aquella gente que sufrió muerte, represión y humillación durante décadas solo quería vivir, VIVIR con mayúsculas y forzaron a los partidos de izquierdas a aceptar unas reglas de juego que los posfranquistas habían puesto sobre la mesa. Reconozco solo una auténtica concesión de las derechas franquistas: la asunción de un nuevo modelo territorial de Estado descentralizado, aunque claramente matizado por un furibundo comienzo del artículo 2 que deja clara la unidad de la patria (solo falta esa enigmática y altisonante frase de la Ley del Movimiento Nacional del 1958: España es una unidad de destino en lo universal). Aquel periodo que algunos elevan a los altares fue lo único posible teniendo en cuenta las circunstancias pero creo que por muchas razones no es un periodo del que debamos sentirnos muy orgullosos.
La obsesión por parecer un país normal ha llevado al gobierno, en contubernio con la realeza, a instrumentalizar la figura de Suárez al servicio de la construcción de una nueva identidad nacional que tiene sus pilares en un periodo glorioso (la transición a la democracia), la sacrosanta figura del rey (ahora en horas bajas) y Suárez, la mano derecha del monarca, que ejecutó sus sabias decisiones y salvó a España de la catástrofe. Ya tenemos CIELO, tenemos PADRE e HIJO, sólo falta el ESPÍRITU SANTO.
El otro día me preguntaba una alumna sobre Suárez, a ella le parecía un poco excesivo todo esto y desconfiaba, quería saber mi opinión. En seguida otro alumno apareció con brío y soltó con ánimo: "Suárez nos trajo la democracia, se lo debemos todo", mi alumna con buen criterio repuso: "pero tú que te crees, que Suárez era como Papa Noel, que trajo la democracia como el otro trae los regalos". Esta conversación me sirve para protestar contra la inaceptable injusticia que ha limitado el papel de héroes en la transición a dos personajes de oscuro pasado: un príncipe nombrado heredero por el dictador y un hombre con importantes cargos en la Dictadura reconvertido en demócrata. Eso dice mucho de la discutible versión oficial del periodo y también del periodo en sí.
Y es que sobre la transición me gustaría desmontar varios mitos:
- Primero, la transición española no fue un proceso pacífico. Que no derivara en guerra fraticida no significa que no fuera violento. Lo fue mucho más que otros procesos de transición. En España murieron asesinados entre 1975 y 1982 muchas cientos de personas, quizás cerca de mil, unos a manos de los grupos radicales de ultraizquierda pero también, en igual o superior número, a manos de los grupos terroristas ultraderechistas y de las fuerzas de seguridad del Estado (estos últimos muertos también son fruto de la violencia política, no lo olvidemos). Hoy, mientras los asesinados por ETA o GRAPO son honrados como merecen, los otros muertos han caído en el olvido (¿son víctimas con el mismo grado de honorabilidad los chavales muertos en el conocido como "caso Almería" (1981) o los obreros asesinados en los "sucesos de Vitoria" (1976)?).
-Segundo, la transición española no ha sido, como se ha dicho con petulancia, el modelo para el resto de las transiciones que se han producido en el mundo en los últimos 40 años. En primer lugar no podemos simplificar, los procesos de transición son todos diferentes, pero especialmente si se refieren a contextos tan diferentes al nuestro como América Latina, Asia, África o, incluso, Europa del Este. De todos modos, están claras las diferencias. En casi ninguno de esos lugares el poder dictatorial en crisis tuvo tanto poder y capacidad para controlar la situación y gestionar el proceso como aquí tuvo el franquismo, legitimado además por una contundente victoria militar en una guerra larga y brutal. Incluso allí donde lo conservó, como Chile, los pinochetistas no han podido impedir que hoy existan lugares de memoria donde se explique la represión y se honre a las víctimas. Aquí los primeros pasos son tímidos y solo se han dado después de mucho esfuerzo, muchos insultos y desprecio y transcurridos casi cuarenta años. Incluso en lugares como Rusia, donde Lenin conserva su mausoleo, ha habido una investigación razonable sobre gulag. En Argentina, donde se creo una Ley de Punto Final con ciertas similitudes con nuestra Ley de Amnistía, la primera fue retirada y han podido juzgarse causas relacionadas con la dictadura. Otros procesos como el sudafricano tienen bases muy diferentes, ya que el conflicto además de social o ideológico, era sobre todo racial, además la esencia de la transición fue llevada a cabo por el líder de los opositores, al contrario que aquí: en España fueron los herederos del franquismo los que controlaron la situación buscando diálogo con la oposición, en Sudáfrica fue al revés. En general, la mayoría de esos procesos de transición han sido mucho menos violentos que el nuestro, conviene recordarlo.
-Tercero, la idea de que la transición fue fruto de la necesidad de pasar la página del pasado, de hacer borrón y cuenta nueva porque las dos España habían hecho las mismas barrabasadas es interesada y humillante para las víctimas de la Dictadura; y no hablo de la Guerra Civil, hablo de la Dictadura. En primer lugar hay que recordar que el origen, naturaleza, organización e intensidad de la violencia en la contienda es muy diferente en los dos bandos y es inaceptable comparar el espíritu de los militares sublevados con el de un gobierno democrático abandonado a nivel internacional y desbordado por los grupos obreros radicales. En segundo lugar, los cuarenta años de régimen autoritario, con más de 50.000 muertos (especialmente entre 1939 y 1948) y cerca de un cuarto de millón de encarcelados, más de un millón entre represaliados y exiliados, y una represión cuya intensidad fue decreciendo pero nunca desapareció, son una responsabilidad exclusiva de un bando,  por lo que resulta muy discutible colocar a la misma altura las responsabilidades de unos y otros.
-Cuarto y último, la transición no estuvo determinada por un espíritu profundo y puro de consenso, ese consenso (por otro lado claramente matizable) nació de una necesidad, los partidos no lo buscaron, se vieron obligados a asumirlo. Y los primeros, Suárez y su rey. Los posfranquistas pretendían hacer un desmantelamiento a su medida y a su ritmo pero las circunstancias les obligaron a contar con los demás. Una vez está funcionando la UCD y se pretende elaborar la constitución, no fue el espíritu de Suárez sino la falta de mayorías en el Congreso la que obligó a su partido a aceptar una comisión multipartidista para su redacción. Por otro lado, como ya dije, ese espíritu tampoco está en una oposición inicialmente rupturista pero que se ve forzada por su electorado y por las circunstancias a asumir muchas cosas como única forma de lograr un sistema democrático. No hay verdadero deseo de consenso, consenso por otro lado, desde mi punto de vista, bastante matizable cuando no discutible.

2 comentarios:

Joselu dijo...

Pues yo me senti orgulloso de la transición española. Cuando viajaba por el mundo, España era un país de moda. Lo noté en Estados Unidos en los años ochenta. Creí en ese mito, en esa leyenda, igual que pensé que la movida madrileña era algo genial. Sentí que por fin había algo de que sentirse contentos tras una historia tan amarga.

Pero ¡ca! Ya hemos visto que no hay mito que resista el terrible análisis del tiempo y de la acritud de los españoles. Aquello era demasiado hermoso para ser cierto. La realidad es que fue un churro y que seguimos siendo un churro, y que nunca dejaremos de ser un churro. Nuestro negocio son las churrerías y en ellas somos expertos. La historia española, la política española, la realidad española, la transición toda, el sistema político, los partidos alternantes y hasta Felipe González al que tanto admiramos no son trágicos. Ya lo dijo Valle que sigue siendo totalmente actual. Lo nuestro es el esperpento, España es una deformación de la civilización europea. Nuesto sistema moral es equivalente al de una tribu africana (con perdón a esas tribus). Somos el reflejo de un mal sueño. Solo nos queda sabernos así. Algún día España desaparecerá de la faz de Europa, quizás no le falte tanto y surgirán radiantes otras naciones que no heredarán la amargura española, esa consideración placentera de lo negro y lo sombrío. ¿España capaz de hacer con sentido? Ca. Somos un fracaso histórico, incapaces por naturaleza. Somos un cruce entre Felipe II y el Fary.

Saludos.

Juan Carlos Doncel dijo...

Tienes razón, somos una mezcla entre Felipe II y el Fary y a mí no me gusta ninguno de los dos. Reconozco que yo no me siento a gusto en este país, demasiada amargura, demasiado esperpento. Hay mucho de insano en en él. Saludos.