a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

lunes, 10 de junio de 2013

la mitad de Francia está podrida


Para muchos y para mí, Francia es el alma de Europa. Allí nació la Ilustración, estalló la Revolución Francesa, nació el socialismo utópico, las calles de París vieron a los revolucionarios de 1848 y se sobrecogieron con los sucesos de la Comuna de 1871, el republicanismo democrático encontró en Francia un referente mientras que la resistencia francesa se convertía en símbolo de la lucha contra el nazismo, más recientemente el París del 68 se convirtió en el faro del mundo símbolo de libertad. 
Por eso nos hemos sobrecogido con las últimas noticias sobre el país vecino, supuesto ejemplo de tolerancia, libertad y defensa de los derechos ciudadanos. Nos hemos quedado perplejos cuando cientos de miles o millones de personas salían a la calle a rechazar algo tan poco peligroso como la extensión de derechos a la comunidad homosexual, hemos visto, avergonzados, a miles de individuos empleando la violencia para rechazar la igualdad, hemos alucinado con la noticia que relataba el asesinato a manos de hordas fascistas de un joven militante de izquierda. Y la mayoría ha bajado a Francia del pedestal, de golpe, todavía atónita con lo que ve y escucha.
Pero si miramos a la Historia, esa mitad de Francia podrida, tradicional, reaccionaria, militante hasta la violencia, siempre existió. En Francia la nobleza fue especialmente despiadada y allí la brutalidad de la sociedad estamental casi feudal fue más cruel que en cualquier otro sitio de Europa Occidental. Después de la Revolución Francesa pervivió un potente movimiento monárquico, católico y antirevolucionario que no cuestionaba algunos aspectos del proceso revolucionario, sino que a lo largo de todo el siglo XIX hizo una furibunda enmienda a la totalidad  del legado de la Revolución e intentó en repetidas ocasiones acabar con las conquistas republicanas. Cuando hablamos de Francia nunca debemos olvidar esa historia ominosa medio agazapada que muchos no conocen y que explica lo que hoy vemos por la televisión: la Francia antisemita del caso Dreyfuss, la Francia que abandonó a la República española presionada por los ingleses y por una parte muy importante de su opinión pública, la Francia colaboracionista con los nazis sin la que no hubiera sido posible el régimen de Vichy, la Francia colonialista que arrasó Argelia para defender a sus pied-noir, la Francia que cerró filas entorno a De Gaulle para frenar el movimiento de mayo de 1968, la Francia que vió nacer movimientos católicos integristas como los de Lefebvre y que respaldó con sus votos la expansión en los años 80 del neofascimo de Le Pen.
Hay muchas Francias en un país que es mucho más que París, que está lleno de pequeñas ciudades provincianas y un significativo mundo rural y agrícola en el que han pervivido con tozudez viejas ideas reaccionarias, un país en el que la emigración y la frustración ha cambiado sin prisa pero sin pausa el voto de amplias capas de la clase obrera francesa más marginal, que ahora arropa sin pudor las ideas del fascismo.