a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

domingo, 13 de febrero de 2011

la bruja Lola no puede predecir el futuro

Este artículo no es mío, lo escribió recientemente mi hermano para la revista de su instituto. Su reflexión sobre la crisis actual y el futuro nada halagüeño del estado de bienestar es soberbia. Por eso, aunque es un poco largo, merece la pena leerlo, os lo aseguro.

Hoy ha hablado una nueva “bruja lola”. Ayer lo hizo otra y seguro que mañana alguna más volverá a hacerlo. Todos los días aparecen en los medios de comunicación una legión de adivinos certeros con la mejor apariencia. Nada de personajes malhablados y vulgares, de los que “escupen” palabras malsonante o tiñen sus cabelleras con “rubios de bote”. Estos nuevos adivinos no son unos simples indocumentados, no son perdedores, fracasados, restos sociales metidos a estafadores. Su apariencia es honrada y honesta, son portadores de trajes de marca y elegantes corbatas, se les supone cultura y formación. Integran la élite empresarial o intelectual y están lejos de la cutre imagen de la adivina de canal televisivo de segunda. Estos son “adivinos de verdad”, creíbles como ningún otro. Se enfrentan al futuro con supuesta valentía. Saben que hay demanda de certidumbres y asumen “el duro papel” de saciar la ansiedad de la mayoría ante un futuro desconocido. Todo en sus formas y en su apariencia parece dejar claro que saben lo que dicen y que saben lo que hacen.

Un economista, de esos que claman no pertenecer a corriente ideológica alguna, nos augura la segura evolución del capitalismo, la única posible: los costes de producción son demasiados elevados, hay que competir y eso requiere esfuerzos… Sin darte tiempo a un respiro, el sociólogo de turno aparece en un programa televisivo afirmando vivir en un mundo sin ideologías: ni puede, ni debe haberlas en la sociedad futura que se nos avecina; son las ideologías, afirma, las que marcaron el tumultuoso siglo XX. Viajamos hacia unas sociedades donde las opciones políticas vendrán marcadas por matices, un mundo globalizado con solo una política posible.

Todavía estamos dándole vueltas a la idea, cuando nos asalta desde los medios un triunfador hombre de negocios, que acomete el “problema” del funcionariado como si fuera el mayor experto en el tema: no puede haber funcionarios como los de hoy, sus privilegios son fruto del pasado y su baja productividad inaceptables para el sistema. Y otro empresario, tan exitoso como el otro, o incluso más, habla de la inviabilidad de la seguridad social, demasiada carga para el sistema económico y empresarial.

Nada escapa de ser cuestionado y no pasa mucho tiempo cuando un banquero metido a Dios, aunque con nombre de bota pequeña, aclara que las pensiones en el futuro, o son diferentes (es decir, mucho más pequeñas) o no son. Lo hace con la frialdad de un experto, quizás porque él no las va a necesitar o quizás porque ve en los fondos de pensiones privados un suculento negocio.

Los mensajes resultan bastante creíbles y cuando estamos un poco sobrepasados, arrecian aún más. Un político liberal, término ahora de moda en una curiosa vuelta a los orígenes, lanza el mayor de los órdagos, el estado de bienestar es insostenible. En palabras más claras, el Estado es demasiado grande. Y el político que le acompaña, también liberal, utiliza palabras más contundentes: es monstruoso, es la gran desmesura. Hay que hacer una cura, pero solo sirve una operación de “reducción de estómago”, digo de estado. Tiene efectos secundarios y riesgos importantes, pero no hay otra salida, ni otra cura posible. O se reduce o el paciente muere. Y El paciente es la sociedad. Dicho así, asusta. Y en la misma dirección lanza un mensaje de “equilibrio fiscal”, algo que se consigue reduciendo el gasto del Estado. Claro que reducir el gasto estatal es reducir el gasto social. Y volvemos a lo mismo. Se pueden aumentar también los ingresos con impuestos, pero cuidado con tocar a las grandes fortunas, entonces el dinero se va y se reducen las inversiones. Lo que nos queda es subir los impuestos indirectos, los que pagamos todos por igual.

Cambias de canal y un periodista, también liberal, en un debate político de opinión, ahora tan en uso, lanza su personal queja contra los excesos de la lucha obrera y social. Con elegancia (no olvidemos que está registrada en la mismísima constitución) cuestiona el hasta ahora intocable derecho a la huelga. No es normal paralizar un país en época de crisis, afirma. Y se lanza contra las estructuras sindicales, según él cúspide de la corrupción, y por supuesto la violencia que ha rodeado siempre a la lucha sindical, esa violencia excesiva de los piquetes que ya es hora de denunciar. Y afirma sin pudor: es increíble que un hombre que quiera no pueda trabajar, ¿habrá un delito mayor en una época de tanto paro?

Y unes las piezas y mezclas los ingredientes, y una vez removidos, la sociedad que tales mensajes construyen es bien distinta a la nuestra. Las “brujas lolas” han hablado. Su sentencia es clara y precisa. Han esbozado un futuro, aparentemente hecho de retales, de mensajes dispersos, pero que es un todo, un futuro simple y sencillo, fácil de comprender. Resulta coherente y es creíble: esto no, esto tampoco, esto no se puede pagar, no hay dinero para esto otro, esto no se puede consentir. Lo que no es viable resulta insostenible. Coherencias tremendas aderezadas con fatalismos inapelables. Gobierne quien gobierne, hagamos lo que hagamos las cosas son así, los cambios son inevitables, estamos ante evoluciones inalterables. Y se recurre continuamente a la vieja sentencia: nosotros o el caos. Y si alguien duda bastará con recurrir al pasado histórico. Recordad donde nos condujeron los experimentos, los sueños, donde nos condujo la utopía que tiñó el siglo XX . Y la gente recuerda.... y reflexiona: Quizás convenga ser realistas.

Sin embargo, cuando te paras un poco a reflexionar las cosas no son tan sencillas. Solo tienes que salirte del discurso hegemónico y encontrarás sus enormes grietas. El siglo XX ha sido el peor, pero también el mejor, produjo las guerras más destructivas y los totalitarismos más crueles, pero también los más grandes avances tecnológicos y las mayores cotas de libertad y bienestar jamás alcanzadas. Y esto no hubiera sido posible sin sus enormes dosis de ideología y de utopía, y tampoco hubiera sido posible sin el ejercicio de derechos como la huelga, sin la lucha y las organizaciones que ahora se cuestionan con tanta facilidad. La obsesión es el Estado y el sistema público de pensiones, pero estas son analizadas sesgadamente sobre variables como la demografía, obviando el aumento de la productividad que implica el enorme desarrollo tecnológico.

¿Quién ha dicho que el estado es demasiado grande? Para determinados sectores siempre fue así. Hasta donde quieren reducirlo es una buena pregunta. Sin embargo, lo realmente necesario no sería la reducción del Estado, sino su redefinición, buscando una adecuada gestión de los recursos humanos y económicos, controlando el fraude en las prestaciones sociales, y no cuestionando dichas prestaciones. Son muchas las voces que hablan de que la sociedad civil, al estilo americano, debe tomar la iniciativa, y el Estado debe retirarse de determinadas funciones especialmente gravosas. Pero eso es caridad, y eso es la antinomia de la cohesión social que con su inmenso gasto en todos los ámbitos de lo público produce el estado de bienestar. Lo publico iguala y equilibra. La caridad solo alienta la pervivencia de la desigualdad, apuntala la sociedad injusta, no la cuestiona, ni pretende superarla. Es la diferencia entre justicia y caridad, aquella a la que tan magistralmente se refería hace ya años el desconocido arzobispo brasileño Dom Elder Camara cuando afirmaba:”Cuando doy comida a los pobres me llaman santo. Cuando pregunto por qué no tienen comida me llaman comunista”.

El Estado no está en crisis, simplemente se ha convertido en el objetivo del gran capitalismo y la obsesión de los mercados, los mismos que nos han conducido a la situación actual, después de haber campado a sus anchas durante años. Precisamente ha sido la falta de regulación por parte del Estado, la inhibición de éste, lo que nos ha conducido al desastre. Finalmente ha sido el propio Estado el que ha tenido que intervenir para salvar el sistema financiero, y ahora, en cambio, los mercados nos dicen que sobra, que hay que destruirlo o por lo menos minimizar “sus malos actos e influencias” haciéndolo más pequeño. Porque un estado grande es igual a gasto, a déficit, a despilfarro -señalan-. Como si el Estado no fuera fuente de empleo, de dinamización económica, de inversión, de investigación, de innovación, de igualdad, de equilibrio, de crecimiento, etc.

Los mercados no cuestionan la sociedad de consumo, no es su objetivo, por el contrario ella les alimenta, su verdadera presa es el estado de bienestar. La sociedad de consumo permite el acceso de “mucha gente” a los servicios básicos, sin embargo, el estado de bienestar supone el acceso de “todos” a dichos servicios. Ese “todos” es lo que está en cuestión. Y los mercados se han juramentado para acabar con él. Con sus voceros al frente, con las “brujas lolas” sacudiendo con sus soflamas el mundo, convertidas en mensajeros de la nueva verdad absoluta: esto o el final, ahora o nunca. Y hasta el gobierno más reacio termina cediendo y lanzando más carnaza que nadie. Hay que alimentar al “monstruo” si se quiere sobrevivir. Pero su voracidad no parece tener límites: primero abaratamiento del despido, después reducción del gasto social, más tarde aumento de impuestos indirectos, reducción de ayudas sociales y subvenciones, recortes en las pensiones, en la administración, reducción del funcionariado, bajada de salarios, y al final un estado más pequeño, cada vez más pequeño. Lentamente el monstruo devora todas las conquistas. ¿Hasta donde?, es difícil precisar, pero parece insaciable.

Se ha marcado un itinerario, una única posible evolución de la realidad, pero el camino emprendido no se produce por la imposibilidad de tomar otra dirección, sino porque esa es la evolución que algunos quieren y promueven. No debemos de olvidar que el estado de bienestar no es producto de la evolución natural del capitalismo, sino producto de la presión ejercida en el interior de las sociedades. Tampoco su destrucción es producto de una evolución natural, sino producto de otro contexto, el actual, radicalmente distinto. Detrás de ambos procesos lo que hay son realidades sociales diferentes, no una evolución natural económica inalterable, casi sobrehumana. En historia el fatalismo no existe, la historia la construyen los hombres en el contexto de una Humanidad marcada por el conflicto, convertido este en el verdadero eje de la evolución histórica, y en él los hombres son actores principales y activos. Ellos moldean el futuro, no les viene dado. Si olvidamos eso, nos va ir muy mal.

Cuando tiene que consumir, el sistema agranda al individuo, se dirige específicamente a él, le hace sentirse especial y único. Pero inmediatamente después, y ya en otro plano de cosas, le empequeñece, le convence de que su capacidad para cambiar la realidad es mínima. No se puede luchar contra el destino...

Sin embargo, el futuro es nuestro y nosotros lo forjamos. De nosotros depende como sea. A pesar de que la inercia del sistema imponga unas limitaciones, todavía hoy y siempre, el hombre y las sociedades son las que labran el futuro en un sentido u otro. Y si la evolución resulta ser la pronosticada será por nuestra pasividad, no por su inevitabilidad. Ese será el verdadero triunfo de los adivinos actuales, de las “brujas lolas”, de aquellos que en definitiva crecen a la vez que la incertidumbre y la inseguridad, de aquellos que se alimentan de la pasividad más extrema para imponer sus más mezquinos intereses.

José Antonio Doncel

1 comentario:

Esther dijo...

¿QUE LA BRUJA LOLA NO ADIVINA EL FUTURO?
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