a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

domingo, 9 de marzo de 2014

ser amable

Esta puede ser una de las muchas caras de la amabilidad

En un precioso poema de Bertold Brecht se habla de las satisfacciones que dan los hábitos sencillos y cotidianos, entre ellos ser amable. Pero muchos no parecen pensar así. La amabilidad es más escasa de lo podría parecer. A numerosas personas les cuesta la vida saludar, decir un simple hola, les agota, los ves ensombrecer el gesto cuando ven inevitable cruzarse contigo. Si no tienen más remedio gruñirán una respuesta desagradable, un adiós mortecino, profundamente antipático. Pequeños gestos como abrir una puerta y dejar pasar o ayudar a una abuelita a subir un carro por unas escaleras son para muchos parte de un lenguaje extraño, muy extraño.
El otro día, en la filmoteca, comprobé con estupor que ser amable es para muchos imposible. Un tipo de los habituales necesitaba que yo me moviera para acceder a la butaca que había elegido para sentarse. Se puso delante de mí y no dijo algo parecido a "perdone, ¿podría dejarme pasar?, en absoluto, se limitó a mirarme y hacer un leve gesto acompañado de un gruñido incomprensible. Cuando me levanté para dejarle pasar ni me miró. Pero eso no fue todo. Al terminar la película y cuando me disponía a levantarme vi que se le caía el paraguas que tenía recostado sobre un asiento junto al suyo y de forma institiva se lo recogí, avisándole que se le había caído; el tipo me miró sorprendido como diciendo "¿qué haces tú con mi paraguas?", lo cogió y se dio la vuelta con desprecio. Aunque fue una experiencia nimia, sin mayor importancia, me resultó irritante y me fui a mi casa harto de tanto estúpido maleducado.
De todos modos mi cruzada contra la falta de amabilidad y educación viene de lejos. Vivo en un bloque inmenso con 140 pisos, 10 portales y una enorme plazoleta interior. Su composición social es bastante homogénea y salvo honrosas excepciones la calificaría como clase media provinciana y conservadora con aspiraciones a algo, cierto grado de altivez y escasa tendencia al trato cercano y amable. En esa plazoleta interior me ha pasado de todo, me han cambiado la cara al pasar, han mirado hacia adelante decididos a saludar a nada y a nadie, no han contestado a mi saludo de forma descarada y de forma reiterada, ni me han mirado cuando he esperado a una impresentable (no tiene otro nombre) con su carrito de niño abriéndole la puerta de la cancela exterior para que pasara. ¡Y que decir del garaje!, allí no saludar es lo normal, todo el mundo asume que no hay reglas, salvo que sea el vecino de tu plaza de garaje y eso con condiciones. De todos modos, no hay que perder la esperanza, a veces hay éxito. El propietario de la plaza de garaje colindante con la mía nunca me saludaba pero yo me empeñé y logré de él primero un gruñido, luego un hola y hoy, después de  un largo proceso reeducativo,  me ofrece de vez en cuando una leve sonrisa, ¡incluso me saluda cuando me ve por la calle, lejos del edificio!.
Generalmente la falta de amabilidad me irrita pero hay veces que me estimula. En mi propio portal vive una vecina que es la quintaesencia de la estupidez y el desagrado y lucha con todas sus fuerzas por negarme el saludo. A mí me hace gracia y me he tomado como un deporte torturarla saludándola con ganas, casi con efusión. De esa forma la obligo a decirme al menos un hola que yo sé que para ella es un suplicio, ¡con lo bonito que es ser amable!.

6 comentarios:

Joselu dijo...

Hace unos años llevé a mis alumnos de cuarto de ESO a visitar la tumba de Antonio Machado en Collioure, cerca de la frontera española. Pasaron allí varias horas y tuvieron ocasión de darse cuenta de lo cuidadosa que es la cortesía francesa tan diferente de la aspereza española. No es imaginable una entrada en una tienda, sea la que sea que no comience con un claro Bonjour. Si no se hace, francamente se queda mal. No te puedes dirigir a nadie sin haberle saludado anteriormente. Esto les sorprendió, acostumbrados a la falta de educación española en que se suprimen estos gestos de sencilla urbanidad. Creo que es algo cultural. Antes no era así, es algo que se ha asimilado culturalmente como un despojamiento de fórmulas de cortesía en aras de una mayor rapidez y eficacia, como si se quisieran evitar las florituras innecesarias. De todos es sabido que en muchos países africanos y orientales es de imposible mala educación llegar a hablar con alguien y dispararle sin más el motivo de la visita. No, hay que hablar durante largo rato de otras muchas cosas, de la salud de la familia, de los negocios, es todo un preámbulo imprescindible. Aquí es como si quisiéramos evitar los preámbulos, los florilegios, todo lo innecesario, y nos hemos quedado en una comunicación áspera y maleducada en que cada vez cuesta más a la gente saludar y ser mínimamente amables. Yo me doy cuenta de que cuando voy a comprar, primero saludo, y se me quedan mirando extrañados porque no he dicho lo que quiero en primer lugar, me contestan tal vez pero sintiendo que dedicamos instantes a actividades inútiles. Creo que es una mala educación cultural.

Saludos.

Juan Carlos Doncel dijo...

Yo he estado en Francia y puedo corro borar lo que dices. Creo que tienes razón, es una mala educación cultural. Sin embargo, yo me resisto. Por los pasillos de mis instituto busco el saludo continuamente con mis alumnos, no me molesta saludar con agrado decenas de veces en un día. Sé que a muchos alumnos les gusta que lo haga, otros evitan mi mirada para evitar ese saludo que yo busco con gusto, que me hace sentir bien, no me canso, nunca me canso de un breve saludo, de un hola, de un pequeño gesto con las cejas, de un breve comentario. Todo eso nos mantiene unidos a otras personas, nos acerca, nos humaniza. Un saludo.

Marta López dijo...

Hola Juanca!. Creo que te lo he comentado personalmente alguna vez, pero leyendo tu escrito no tengo por menos que decir que en Cambre las cosas son muy diferentes. Aquí nos saludamos prácticamente todos, nos conozcamos o no....Buenos días, hola, buenas, etc....Es muy agradable, si señor! :-) Desde luego yo me apunto a la amabilidad!!!.
Por cierto, me reí mucho con la descripción que haces de tu vecindario, jejeje.

memorialcaceres dijo...
Este comentario ha sido eliminado por el autor.
Juan Carlos Doncel dijo...

Veo que hay lugares donde predomina la educación y la amabilidad, pero coincidirás conmigo que en general abunda cada vez menos. Me alegro que te hayas reído con las anécdotas con mis vecinos. Yo intento tomármelo con sentido del humor, pero reconozco que en ocasiones he llegado a enfadarme mucho. Sé que, como yo, eres gente que valora la amabilidad, un placer gratuito como tantos otros grandes placeres. Un abrazo, Marta (y bicos para Pedro). Por cierto, si ves un comentario antes anulado, es por uno de mis errores provocado por mi continuos despistes.

Marta López dijo...

A ver....igual exageré un poco al decir que casi todos nos saludamos....pero sí que es cierto que en los pueblos pequeños todavía se conserva esta buena costumbre. Y por supuesto que también hay algún cazurro que incluso siendo vecino ni te dice hola en el mismo portal de casa!!.
Bicos!.