a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

sábado, 19 de octubre de 2013

neofranquismo

El Valle de los caídos es todavía patrimonio nacional

El cielo se está volviendo azul oscuro casi negro. Después de varios decenios aparentemente arrinconado, el legado franquista vuelve a recuperar protagonismo en nuestra sociedad. Amplios sectores de la derecha posfranquista han reaccionado con vehemencia a los años de Zapatero y han recuperado una herencia que durante un tiempo prefirieron no enarbolar y que hoy pasean con orgullo y como seña de identidad.
Algunos son verdaderamente franquistas y vocean en medios de comunicación infames sus discursos intolerantes cargados de odio y altivez, hartos de soportar que aquellos a los que aplastaron hace 75 años puedan hoy opinar libremente y hasta gobernar.
Pero la mayoría no quieren una nueva dictadura, aceptan el juego democrático pero asumen como necesario el papel del franquismo en la Historia, lo consideran un instrumento quirúrgico que extirpó el mal en suelo patrio, frenó el avance del "bolchevismo ruso-asiático", recompuso el alma católica de la nación, aniquiló el peligro separatista y facilitó la paz social y el progreso económico. No quieren un nuevo franquismo, pero lo aceptan como una etapa fructífera para la Historia de España, de la misma manera que amplias capas de la sociedad chilena, hoy perfectamente insertadas en el juego democrático, defienden sin dudarlo el periodo histórico de la dictadura pinochetista como necesario.
Este nuevo estado de ánimo, esta nueva actitud de una parte nada desdeñable de nuestra derecha política hunde sus raíces en la fractura social que produjo la abominable segunda legislativa de Aznar y se consolidó durante los años de Zapatero.
Aunque el legado del último presidente socialista está hoy enterrado por su desastrosa política económica, puede que con el tiempo podamos analizar con menos ligereza y desde la necesaria distancia lo que supuso su valiente política en defensa de los derechos civiles.
Zapatero es el único presidente "republicano" que ha tenido la monarquía española. Su gobierno estuvo guiado por el espíritu que recuerda en muchos aspectos a la II República. En cuestiones que él consideraba innegociables vinculadas a los derechos de las personas, gobernó con valentía y no necesitó el consenso con la derecha, caracterizada tradicionalmente por dinamitar o al menos frenar todos los intentos de avance social en nuestro país.
Para amplios sectores de la izquierda menos moderada, Zapatero hizo una política social descafeinada, sin embargo, si lo comparamos con los pragmáticos años de Felipe González, se atrevió a cuestionar, aunque fuera mínimamente, lo que antes nadie se había atrevido.
A su política osada en defensa de los derechos de la mujer y del aborto y su apuesta revolucionaria por los derechos de los homosexuales, se unieron otras medidas más tibias pero también importantes que permitieron afrontar de otra forma el problema terrorista y el nacionalismo y crearon un ambiente propicio para la expansión del laicismo y la recuperación de la memoria histórica de los vencidos. 
Puede parecer y es insuficiente, pero en este último tema, los años de ZP facilitaron salir del rincón oscuro de la Historia a las víctimas del franquismo, favorecieron que la sociedad española conociera la magnitud de la tragedia (un verdadero genocidio) y que muchos terminaran asumiendo que los asesinados por la maquinaria represiva franquista no eran "chusma asesina e ignorante quemaiglesias". Durante decenios nos enseñaron que "los rojos eran bestias sedientas de sangre que querían destruir la civilización", después en la transición se convirtieron en personas y empezamos a escuchar frases como "todos fueron iguales, los dos bandos mataron por igual" y hoy, después de mucho esfuerzo en la recuperación de la dignidad de las víctimas del franquismo, sabemos que ni los dos bandos fueron iguales ni los dos bandos mataron por igual.
Frente a todo lo ocurrido en esos años, la derecha reaccionó con virulencia, Zapatero se convirtió en una obsesión y lo más suave que le dijeron fue "guerracivilista". Desde entonces se ha producido un rearme ideológico de los sectores conservadores que vuelven a asumir la herencia del franquismo como suya y a no avergonzarse públicamente de ella. En esa línea, de forma paralela, ha evolucionado la Iglesia, enrocada en actitudes verdaderamente reaccionarias y determinada a recuperar toda la influencia social que pueda, recordando con añoranza aquellos años en los que el catolicismo impregnaba hasta el último poro de la Piel de Toro. Y todo esto mientras se aceleran las beatificaciones de mártires de la Cruzada y el actual ministro de interior define estos procesos como actos no políticos, sino de unidad y reconciliación, pues esas víctimas que murieron por la cruz perdonaron a sus asesinos antes de morir. No se puede hacer una declaración más indecente y provocadora.
La política de recentralización del gobierno de Rajoy, su peligrosísima política de educación, su retorcida interpretación de los derechos de la mujer y su desafiante actitud hacia todo lo que signifique memoria histórica de los vencidos son solo una parte de los numerosos signos que confirman la recuperación de un "espíritu neofranquista" que se manifiesta en todos los ámbitos, desde la actividad institucional a la vida cotidiana.
Los grupos fascistas se mueven con relativa facilidad, los símbolos del antiguo régimen están cada vez más presentes, muchos políticos de la derecha política no esconden su "actitud comprensiva hacia aquellos años que salvaron la patria" y hay una evidente campaña de revisionismo histórico que pretende negar el alcance del genocidio franquista. Y todo ello unido a un cuestionamiento profundo del papel de los movimientos sociales en la sociedad, cuestionando, por ejemplo, las conquistas feministas o la utilidad de la labor sindical.
Mientras que a nivel económico propugnan un neoliberalismo inhumano, a nivel social buscan acelerar un proceso reaccionario en el que los valores católicos recuperen el mayor peso posible y, todo ello, facilitado por un contexto internacional favorable. Tiempos oscuros, sin duda.