a mi padre, que murió soñando con un mundo más justo

lunes, 20 de junio de 2011

SOY UN TRASNOCHADO MUY DESORIENTADO


Siempre me he definido como marxista, mi lenguaje y mi conciencia han estado determinados por la dinámica de lucha de clases y mi dignidad como persona ha estado ineludiblemente unida a mi orgullo de clase, orgullo que heredé de mi padre y que conservaré hasta que me muera. Sé que ese orgullo de clase conlleva un sentimiento de “odio de clase” que, aunque hoy puede resultar casi estúpido, durante decenios dio moral y fuerza a esos muertos de hambre que luchaban por un mundo mejor. Ese “odio de clase” hacía que muchos obreros no envidiaran las riquezas de los potentados y fueran capaces de crear una dignidad propia, incorruptible, que no se regía por dinero, riqueza ni poder, que no podía ser comprada.

Hoy una amplísima mayoría de personas, especialmente los menores de 50, se partirían el culo de risa si leyeran lo que he escrito en el párrafo anterior. Da igual a lo que votaran, simplemente dirían y dirán que estoy zumbao. No soy un zumbao, soy un trasnochado muy desorientado.

Todo está cambiando vertiginosamente en todos los ámbitos, especialmente después de 1989 y yo no me había dado cuenta de lo rápido que iba.

La lucha hoy la articulan un montón de niñatos consentidos con globitos de colores; la desideoligización es bestial, si hablas de conceptos como derecha o izquierda es como hablar de güelfos y gibelinos; a Izquierda Unida, se supone que es una izquierda trasnochada, se le va la olla y permite que los señoritos gobiernen Extremadura; el otro día me enzarce en un debate sobre el 15-M con un compañero bastante conservador y sin darme cuenta me encontré defendiendo el estado de derecho y él en el papel de revolucionario justificando la invasión de las calles por los indignados (para mí los consentidos, así los llamaré a partir de ahora). Esto es la hostia.

Hace unos días el bueno de Martín y yo debatimos sobre el futuro papel de los consentidos. Sé que estoy trasnochado, a los de los globitos de colores no los veo como una alternativa real frente al capitalismo; frente a los mercados, su resistencia resulta infantil, ridícula. El otro día un consentido decía que van a luchar por los derechos que tanto costaron a sus padres. Habría que recordarle que sus padres lograron sus derechos con medios muy diferentes a los que pretende usar él para conservarlos y que si cree que las formas de lucha y el mundo han cambiado, quizás tendría que asumir que también tienen que cambiar (o reducirse) los derechos. De todos modos, de momento este es un fenómeno tiene dos graves limitaciones: por un lado, es muy local y está lejos de ser global, por otro lado, está movilizando a los frustrados y a los cabreados, pero no a los verdaderamente desesperados. De todos modos, ya intuí el vacío de esta alternativa cuando leí el libro que la inspira; en abril un buen alumno mío me dejó el libro de Hessel y me sorprendió por su oquedad, un puñado de páginas llenas de ingenuidad y de palabrería repetitiva sin sustancia que un hombre de 94 años escribió para una juventud de globitos de colores. Es verdad que es mejor que nada, pero poco más.

Utilizando terminología marxista, estamos entrando en un nuevo modo de producción y los conflictos de clase se van a producir de forma muy diferente, los grupos en conflicto ya no son los clásicos (ya lo decía el certero Romano en un comentario de mi anterior entrada) y las formas de lucha varían. Necesitaremos tiempo para ver su verdadera naturaleza. Pero con los datos que tengo creo que volvemos a formas de lucha menos efectivas, más improvisadas y menos organizadas. Que cambien las formas de resistencia, no significa que lo hagan para mejor. A lo largo de la Historia las élites nunca han temido la pérdida de sus privilegios y han capeado los conflictos con cierto éxito; sólo los tiempos del movimiento obrero internacional de la era industrial lograron dibujar en su cara la imagen del miedo, del terror a perderlo todo. Me gustaría equivocarme, pero creo que ese terror no volverá a aparecen en sus rostros; preocupación quizás, terror no.

Este trasnochado se reserva el derecho individual a ver tranquilamente en la tele a los consentidos de los globitos de colores con una risita guasona mientras recuerda con nostalgia tiempos heróicos que no vivió pero que considera su más preciada herencia. Salud.